Cuando era crío, uno de los
ruidos que me despertaban de madrugada era el del carrito gris de tres ruedas
de Marcelino, el barrendero municipal, un tipo inconfundible y exacto como un
reloj cuando a las seis de la mañana de lunes a viernes, bajaba por mi
calle camino de la plaza. Todo en él era peculiar. El sonido de su escobón de
palma arañando el suelo, el tintineo del recogedor de lata peinando los
adoquines, el temblequeo de la regadera de zinc para remojar las calles de tierra
y sobre todo su conversación y eso por decirlo de alguna manera.
Marcelino era un hombre pequeño,
cargado de hombros y siempre con su tabaco Ideales
colgando de los labios menos cuando cantaba. Porque cuando empezaba era todo un
figura. Eso sí, un trago o dos necesitaba para arrancar, incluso alguno más.
Pero cuando estaba en marcha era un espectáculo. Marcelino era muy popular y
caía bien a todo el mundo. Rara vez dejaba de saludarte cuando pasabas a su
lado. Allí lo tenías siempre, humilde, concentrado en su dura tarea, escobón
en mano, boina con rabillo, chaqueta azul y eterno pantalón de pana. Y lo más
importante, trabajando sin prisa, pues como bien decía: Siempre hay que
dejarse algo para mañana porque si no… ¿Qué coño vas a hacer?
Su saludo invariablemente era el
mismo: golpe seco hacia arriba de cabeza, subida de cejas y una sola palabra: ¡¡¡¡Eh!!!!,
por supuesto tú le contestabas igual. No hacía falta más. Marcelino era un
hombre feliz, se notaba enseguida. Cobraba el que menos del ayuntamiento y
encima le gustaba su trabajo, sin jefes, al aire libre, a su marcha,
hablando con todo el mundo y de paso haciendo buen aprecio a los cigarros que le daban. Cuando le
preguntabas qué tal le iba, decía: ¡Pues vamos tirando! Y antes de que
contestaras añadía: ¿Y qué vas a hacer?
Pero también tenía su genio, no
se crean. Ver a niños, adultos y ancianos tirar cosas al suelo, incluso delante
suya y nada más acabar de barrer, le jodía mucho y con razón. Además, las cacas
de perro, el viento y las heladas lo ponían de muy mala
leche.
Menos mal que no llegó a ver
gente necesitada removiendo dentro de sus papeleras, porque de haberla visto le
hubiera jodido mucho más.
Revista "El Gurrión" N.º 180. Agosto de 2025.
Nº 19
EL RESCATADOR DE LIBROS
Víctima
de la dejadez y el abandono, el viejo toldo de la librería deja ver
a través de los jirones en la lona los hierros que
sujetan las tripas de la ballena varada que empieza a
descomponerse. Da mucha pena.
La librería
es de libros ya usados. La conozco desde hace años y con el paso del
tiempo he visto cómo sigue al frente la misma persona custodiando los sueños
impresos. Sin dejar de ser nunca un lugar lleno de alma, historia y sorpresa,
ahora languidece y pronto morirá. Su interior muestra a gritos que ha
envejecido y mucho. Bajo sus altos techos, la madera del suelo cruje lastimera
y apenas entra gente, pero allí sigue, aún viva y con carácter.
Al
entrar, el ambiente es muy tranquilo, casi reverente, como si los libros
todavía guardaran los susurros de generaciones ya olvidadas y se afanasen en
conservarlos. La luz natural entra tenue por un ventanal
polvoriento que apenas me deja leer las letras en los lomos, no sé
si porque están deslucidas o por mi vista cansada. Pero da igual,
eso no me impide deambular por sus estrechos pasillos escoltado por cajas
de libros sin clasificar y una legión de estanterías desiguales y sobrecargadas
que escalan hasta el techo. Con frecuencia busco sin buscar nada en
especial, estoy convencido de que sea lo que sea, se me presentará solo y
por eso dejo desfilar ante mis ojos todo tipo de libros y revistas. Allí
no veo ediciones brillantes ni cubiertas llamativas, solo volúmenes sobados,
portadas descoloridas y vividas… Luego están los libros más viejos, los
hermanos mayores, los que mantienen notas, nombres y apellidos en la
primera página, los mismos que me miran con curiosidad a través de sus
cubiertas de cuero gastado y sus tapas amarillentas llenas de letras doradas.
Muchos son primeras ediciones y otros traducciones olvidadas llenas de
marcas de vida. Afortunadamente algunos todavía esconden sus secretos en forma
de ex libris, notas, subrayados, fotos antiguas, flores secas,
marcapáginas, dedicatorias marchitadas o un sencillo mapa doblado en un libro
de viajes.
Cuando
salgo de allí, durante un buen rato me parece oler a esa mezcla de papel
envejecido, polvo y madera antigua. Un aroma terroso, cálido y evocador
que solo los libros con historia tienen. Siempre que voy, procuro
llevarme algún ejemplar que seguramente nunca leeré,
pero siento que sacándolo de esos estantes lo salvo del más que
probable final del Titanic que se hunde. Me hace sentir bien, por lo
menos será una voz menos que se pierda y eso me reconforta.
Revista "El Gurrión" N.º 181. Diciembre de 2025.
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