CUENTOS DEL PIRINEO OSCENSE
TEXTO: JOSE MARÍA SATUÉ SANROMÁN
ILUSTRACIONES: ROBERTO L´HOTELLERÍE
EDITORIAL PIRINEO 2025
CUENTOS DEL PIRINEO OSCENSE
TEXTO: JOSE MARÍA SATUÉ SANROMÁN
ILUSTRACIONES: ROBERTO L´HOTELLERÍE
EDITORIAL PIRINEO 2025
Nº de catálogo
0512
Autor
L´HOTELLERIE, ROBERTO
Título
"Paisaje"
Fecha
1985
Técnica
Aguafuerte
Tipo de papel, dimensiones
Guarro con filigrana, 560x760 mm
Dimensiones de la plancha
326x490 mm
Fuente de ingreso / Institución
Curso / Facultad de Bellas Artes
En el transcurso de la entrega del Premio Escuela del
Año 2021 (Fundación Princesa de Girona) al IES Ramón y Cajal de Zaragoza,
esta obra le fue entregada por parte del centro a S. M. el Rey el 11 de
enero de 2023.
Lo noté de reojo mientras recogía las hojas del jardín. Al girarme vi que era un gorrión moviéndose torpemente por el suelo. El pajarillo estaba boca arriba y apenas se movía. Enseguida me di cuenta de que algo le pasaba pero no me atreví a tocarlo. Con la escoba le di cuidadosamente la vuelta esperando así resolver el problema. Pero no. El pequeño gorrión corrió por el empedrado no sé cómo y se escondió detrás de la higuera para más tarde meterse debajo de un banco. Yo esperaba que al igual que había pasado otras veces, después se levantaría y se iría volando. Pero no. Al volver por la tarde había buscado el sol y lo acompañaban tres o cuatro más. Cuando me acerqué, todos emprendieron el vuelo pero mi pequeño gorrión siguió quieto. No sabíamos qué hacer, ni él ni yo. Le eché un poco de agua para que bebiera y le acerqué unas miguillas de pan, pero las rehusó. Se quedó quieto mirándome, luego se arrastró hacia atrás y volvió a su refugio debajo del banco. Al día siguiente ya no estaba allí, pensé ilusionado que se habría recuperado y se habría ido. Pero no.
Por la tarde vi que encima del césped y al lado de la valla yacía su cuerpo y que se lo estaban comiendo las hormigas. Me acerqué y todavía me pareció más pequeño. Se estaba haciendo de noche y no quise dejarlo a la intemperie. Un diminuto agujero debajo del rosal rojo fue suficiente para depositarlo con cuidado. Por fuera lo cubrí con tres pétalos de rosas. Hoy he ido por la mañana pensando que los pétalos se habrían ido con el viento. Pero no. Seguían ahí.
N.º 13.
NITRATO DE CHILE
1960. En casa de Manuela no hay televisión y la radio se escucha a trompicones. Pero la chica de la ventana nunca está sola. Y eso es gracias a que muy cerca vive un misterioso jinete. En sus horas de aburrimiento una y mil veces se pregunta: ¿Quién se esconde tras esa silueta de porte erguido con sombrero gaucho? ¿De dónde viene ese desconocido que vive a su lado y que le hace evocar legendarios y famosos caballeros como don Quijote de la Mancha, Godofredo de Buillón, o el mismo Rey Arturo?
Aunque ni siquiera puede imaginar su cara, Manuela, que no quiere tener hijos ni casarse con nadie del pueblo, sueña con verlo algún día. Está segura de que el jinete que día y noche se apoya junto a la ventana es su caballero andante, un héroe más del campo que defiende las cosechas peleando contra las fuerzas de la naturaleza, las tormentas, las sequías y todo lo que nadie puede medir ni dominar…
Pero a veces no puede soportar el silencio que desprende esa muda silueta y duda. Manuela no quiere vivir como vive y el reloj la atropella. Necesita cambiar aunque eso suponga escapar de allí con su bolso lleno de mil miedos. Está avisada, y sabe bien que como dijo Saint-Exupéry, la huida no ha llevado a nadie a ningún sitio, pero le da igual, su mente hace tiempo que vuela libre lejos de su castillo y de tanta gente gris. Es un color que odia.
¿Vendrá algún día el hombre de negro a
buscarla? ¿Viajarán juntos hasta el horizonte sin billete de vuelta?
Ahí lo tienes, bien flamenco, con sus eternos pantalones de pana, su
chaqueta de faena, su mala salud de hierro y sin apenas rastro de las palizas
que de sol a sol se ha dado toda su vida en el campo.
Atanasio era el pastor de casa Poyete y
hace muchos años que no se monta en un columpio. No ha tenido novia en su
vida, sólo mujer y nunca ha levantado los pies del barro. Su único capital
han sido sus manos y ha sido fuerte como el aluminio. Eso si, por el
camino se ha bebido el mar de Timor Oriental, se ha fumado tabacalera en
la modalidad de celtas cortos, ha bailado con la teca y la meca y ahora,
fatigado del mundo asume sus años feliz como una perdiz.
Cuando paso por la plaza él ya me ha
visto. Siempre hace lo mismo. Primero me mira con sus ojos marrones donde
todavía brilla la picaresca de crio junto a la astucia desconfiada de los
años y luego me saluda con la mano. Ya está todo dicho y me doy por
afortunado ya que Atanasio, sabio, templado y de pocas palabras, sabe
perfectamente que con la gente sólo hay que hablar del tiempo y poco más.
Además, lo tiene muy claro. Asume los años como un incordio y no quiere
estorbar. Siempre dice que la gente quiere alcanzar la vejez pero una vez
que lo hace, se quejan de ella, por eso harto de tonterías si le preguntas
no te dará consejos, ¿para qué? Sabe de sobras que cualquier edad es
pesada y que la calvicie, la sordera y las arrugas no se curan.
Y es que Atanasio entiende perfectamente
que es ser viejo y que nada ni nadie lo va a cambiar. ¿Para qué negarlo si
todo el mundo lo ve? ー dice ー ¡Y encima siempre hay alguno que te viene con la historia de que
los años están en el corazón o en la mente, o leches por el estilo! ¡Hay
que joderse!
Vamos, que le da igual, Atanasio se ríe de
su sombra y no va a cambiar. ¿para qué? Me despido con el manido ¡que vaya
bien! y ahí lo dejo sentado en el banco de su puerta en una esquina de la
plaza, buscando el sol de mañana y la sombra de la tarde. ¡Y ojo!, que si
le dices que debería buscarse un andador para moverse con más independencia
y dejar más tranquila a su mujer, la Pilar, te mandara “a cascala”,
seguro.
Julio 2024. Revista "El
Gurrión", N.º 175
La cosa es bien sencilla. Las casas sin gente cada vez estaban más solas.
Un día, hartas de caerse y morir en el olvido se convirtieron en grandes
árboles y el pueblo entero se hizo bosque. Desde entonces los viejos y ruinosos
hogares se fundieron con los enormes troncos y las nuevas criaturas mitad casa
y mitad árbol aprendieron a protegerse del sol y la lluvia bajo su denso
follaje.
Pero eso no fue todo, pronto los pájaros regresaron mientras los árboles se
ocupaban de cobijar celosamente en su copa el universo íntimo y antiguo de cada
familia que antaño había vivido en su tronco. Allí mismo, dentro del bien y del
mal y escoltadas por mil ramas se guardaron cientos de historias donde todavía
palpitaba insolente todo lo contado y por contar de sus antiguos moradores.
Ahora ya no hay personas reales que les hablen, los acaricien o los poden, solo fantasmas de humanos que cuando anochece y la brisa enmudece, se asoman a los portales para mirar hacia las copas y cuchichear. Hablan bajo porque no quieren que los árboles se enteren de sus confidencias y se las digan a los vientos. No se fían, no vaya a ser que alguien descubra que hace muchos años todos ellos abandonaron el pueblo y ahora en secreto y ocultando su orgullo han vuelto a por sus raíces. Esos árboles han cumplido su objetivo pero eso sí, ya no crecerán más y si lo hacen únicamente lo harán para convertirse en escaleras mágicas que cumplan el sueño de los niños de tocar las nubes.
Noviembre 2024. Revista "El Gurrión", N.º 176
Ninguno de los que se fueron del pueblo
volvió igual y Dámaso no fue una excepción. Con el alma encogida y entre besos
y palmadas de su padre, una fría madrugada subió al oscuro tren que lo llevaba
a lo desconocido. Su tío lo había recomendado para un trabajo en la ciudad y
eso le alegraba porque quería conocer mundo, pero no le quitaba el temor a los
golpes y puñaladas que intuía le esperaban al final de aquellas vías.
Miedo y dos maletas atadas con correas de
cuero fueron todo su equipaje para cruzar las montañas y cumplir el sueño
de sus padres: un futuro de provecho... Atrás quedaron su familia, sus
amigos, su gente, y aquella madrugada emprendió su nuevo camino. En el
viaje que duró años, cambió todo lo que tuvo que cambiar y se disfrazó mil
veces para sobrevivir. Al final lo logró. Pero
como todos los demás, tuvo que pagar un tributo; las pocas veces que
regresó al pueblo ya no era él mismo, ni por supuesto nada de lo
que encontró seguía igual. Cuando se dio cuenta del brutal choque entre
sus recuerdos y la realidad, guardó silencio, dijo que ya llamaría y
simplemente se fue para no volver. Sin más explicaciones.
Su madre, paciente y silenciosa, creyó que tarde o temprano le diría algo y siempre esperó su llamada. Es más, cuando la familia se mudó a la plaza, ella siguió volviendo puntualmente todos los días a su antigua casa, ahora ya caída y convertida en corral. Allí, entre cascotes y cuatro gallinas se empeñó en conservar su teléfono de baquelita negra por si algún día su Dámaso la llamaba. Todo podía ser.
Febrero 2025. Revista "El
Gurrión" N.º 177
Loli dejó el pueblo. Se fue huyendo del cafre de Florencio y harta de la mala vida que semejante animal con forma humana le daba. Su destino: Barcelona. Menos mal que no tuvo hijos, sino hubiera sido mucho más difícil. Así pues, sola y lejos de su pueblo vivió mil tormentas entre aquellos angostos callejones del barrio chino, pero al final sobrevivió. Empezó vendiendo ajos de estraperlo en la puerta del mercado de Sant Antoni, luego trabajó en una fábrica de vidrio de la calle Manso y al final, harta de que la explotaran aceptó una oferta para baile y espectáculo que acabó en prostitución por la calle d´En Robador.
Años después, harta de pasar frío y con una mano delante y otra detrás se fue con una vieja madame a un antiguo piso mugriento y oscuro decorado con fotos de Lola Flores y Carmen Sevilla. Tampoco tuvo suerte allí. Al poco las echaron porque la vieja escalera, podrida cien veces por la humedad, se hundió y estuvieron a punto de no contarlo. Después todo se precipitó y es que para algunas cosas las autoridades tienen mucha prisa. En pocas semanas y con la intención de “sanear y purificar el edificio”, el ayuntamiento y los caseros echaron a los vecinos que quedaban y tapiaron la estrecha puerta del patio que ya solo cruzaban ancianos furtivos.
Y eso fue todo. Loli ya hizo su viaje lejos de Florencio y de la gente hace muchos años y no piensa volver. Marchó del pueblo y marchó, no hay más. No tuvo otro remedio, se fue como pudo, a su estilo, siempre sola y con el orgullo de no querer convencer a nadie. ¿Para qué?
Mayo 2025. Revista "El Gurrión" N.º 179
Cuando era crío, uno de los
ruidos que me despertaban de madrugada era el del carrito gris de tres ruedas
de Marcelino, el barrendero municipal, un tipo inconfundible y exacto como un
reloj cuando a las seis de la mañana de lunes a viernes, bajaba por mi
calle camino de la plaza. Todo en él era peculiar. El sonido de su escobón de
palma arañando el suelo, el tintineo del recogedor de lata peinando los
adoquines, el temblequeo de la regadera de zinc para remojar las calles de tierra
y sobre todo su conversación y eso por decirlo de alguna manera.
Marcelino era un hombre pequeño,
cargado de hombros y siempre con su tabaco Ideales
colgando de los labios menos cuando cantaba. Porque cuando empezaba era todo un
figura. Eso sí, un trago o dos necesitaba para arrancar, incluso alguno más.
Pero cuando estaba en marcha era un espectáculo. Marcelino era muy popular y
caía bien a todo el mundo. Rara vez dejaba de saludarte cuando pasabas a su
lado. Allí lo tenías siempre, humilde, concentrado en su dura tarea, escobón
en mano, boina con rabillo, chaqueta azul y eterno pantalón de pana. Y lo más
importante, trabajando sin prisa, pues como bien decía: Siempre hay que
dejarse algo para mañana porque si no… ¿Qué coño vas a hacer?
Su saludo invariablemente era el
mismo: golpe seco hacia arriba de cabeza, subida de cejas y una sola palabra: ¡¡¡¡Eh!!!!,
por supuesto tú le contestabas igual. No hacía falta más. Marcelino era un
hombre feliz, se notaba enseguida. Cobraba el que menos del ayuntamiento y
encima le gustaba su trabajo, sin jefes, al aire libre, a su marcha,
hablando con todo el mundo y de paso haciendo buen aprecio a los cigarros que le daban. Cuando le
preguntabas qué tal le iba, decía: ¡Pues vamos tirando! Y antes de que
contestaras añadía: ¿Y qué vas a hacer?
Pero también tenía su genio, no
se crean. Ver a niños, adultos y ancianos tirar cosas al suelo, incluso delante
suya y nada más acabar de barrer, le jodía mucho y con razón. Además, las cacas
de perro, el viento y las heladas lo ponían de muy mala
leche.
Menos mal que no llegó a ver
gente necesitada removiendo dentro de sus papeleras, porque de haberla visto le
hubiera jodido mucho más.
Revista "El Gurrión" N.º 180. Agosto de 2025.
Nº 19
EL RESCATADOR DE LIBROS
Víctima
de la dejadez y el abandono, el viejo toldo de la librería deja ver
a través de los jirones en la lona los hierros que
sujetan las tripas de la ballena varada que empieza a
descomponerse. Da mucha pena.
La librería
es de libros ya usados. La conozco desde hace años y con el paso del
tiempo he visto cómo sigue al frente la misma persona custodiando los sueños
impresos. Sin dejar de ser nunca un lugar lleno de alma, historia y sorpresa,
ahora languidece y pronto morirá. Su interior muestra a gritos que ha
envejecido y mucho. Bajo sus altos techos, la madera del suelo cruje lastimera
y apenas entra gente, pero allí sigue, aún viva y con carácter.
Al
entrar, el ambiente es muy tranquilo, casi reverente, como si los libros
todavía guardaran los susurros de generaciones ya olvidadas y se afanasen en
conservarlos. La luz natural entra tenue por un ventanal
polvoriento que apenas me deja leer las letras en los lomos, no sé
si porque están deslucidas o por mi vista cansada. Pero da igual,
eso no me impide deambular por sus estrechos pasillos escoltado por cajas
de libros sin clasificar y una legión de estanterías desiguales y sobrecargadas
que escalan hasta el techo. Con frecuencia busco sin buscar nada en
especial, estoy convencido de que sea lo que sea, se me presentará solo y
por eso dejo desfilar ante mis ojos todo tipo de libros y revistas. Allí
no veo ediciones brillantes ni cubiertas llamativas, solo volúmenes sobados,
portadas descoloridas y vividas… Luego están los libros más viejos, los
hermanos mayores, los que mantienen notas, nombres y apellidos en la
primera página, los mismos que me miran con curiosidad a través de sus
cubiertas de cuero gastado y sus tapas amarillentas llenas de letras doradas.
Muchos son primeras ediciones y otros traducciones olvidadas llenas de
marcas de vida. Afortunadamente algunos todavía esconden sus secretos en forma
de ex libris, notas, subrayados, fotos antiguas, flores secas,
marcapáginas, dedicatorias marchitadas o un sencillo mapa doblado en un libro
de viajes.
Cuando
salgo de allí, durante un buen rato me parece oler a esa mezcla de papel
envejecido, polvo y madera antigua. Un aroma terroso, cálido y evocador
que solo los libros con historia tienen. Siempre que voy, procuro
llevarme algún ejemplar que seguramente nunca leeré,
pero siento que sacándolo de esos estantes lo salvo del más que
probable final del Titanic que se hunde. Me hace sentir bien, por lo
menos será una voz menos que se pierda y eso me reconforta.
Revista "El Gurrión" N.º 181. Diciembre de 2025.
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